fracaso anunciado del colonialismo. Un yanqui en la corte del rey Arturo revisado.

 

Twain1909

Existe un cierto tipo de literatura  considerada  como infantil que no creo que ningún adulto pueda leer sin estremecerse. Los espantosos sufrimientos de los protagonistas de los cuentos de Andersen o de los Hermanos Grimm. La visita de Alicia al País de las maravillas que visto con ojos de adulto bien podría llamarse de las pesadillas. La visión desoladora de la naturaleza humana que nos queda después de leer los Viajes de Gulliver. O la masacre final con que culmina el viaje por el tiempo del yanqui que viaja a la corte del rey Arturo.

Los detalles del libro se habían desdibujado por el paso del tiempo. Recordaba que el protagonista se despierta en la corte del rey Arturo. Gracias a sus conocimientos modernos se convierte en la mano derecha del rey. Intenta modernizar el país pero la cosa acaba mal. Termina enfrentándose con un pequeño grupo de fieles a los caballeros del rey Arturo. Como están armados con ametralladoras modernas, alambre de espina, campos minados y dinamita matan a once mil caballeros. Al final, Merlín, que hasta ese momento ha sido mostrado como un farsante, completa un hechizo que  hará que el yanqui  duerma durante trece siglos. Despertará para contar su historia a Mark Twain.

Recordaba el libro como una historia de aventuras cuyo tema es el enfrentamiento entre el oscurantismo y el progreso. Normalmente se piensa que Twain descargó en el protagonista la frustración que sufrió en sus diversas aventuras empresariales- especialmente un nuevo modelo de imprenta- que le condujeron a la ruina.

Sin embargo la lectura sobre un incidente histórico, la batalla de Omdurman, me ha hecho volver a leer el libro y encontrarme con una lectura totalmente diferente.En 1898, once mil soldados sudaneses, equipados con armas blancas y fusiles anticuados, murieron bajo las balas del ejército británico con solo cuarenta y nueve bajas inglesas.

Esa cifra de bajas, y la forma de su muerte frente a ametralladoras, recuerda inmediatamente las escenas finales de la novela de Twain. A mí me ha impresionado que esa batalla real sea tan parecida a la masacre final imaginaria, que corona los esfuerzos modernizados del yanqui en el libro que escribiera Twain en 1889.

Así que he vuelto a leer el libro para ver hasta qué punto puede entenderse como un análisis del proceso colonial. Al fin y al cabo, para las víctimas del proceso los colonizadores procedían del futuro al igual que el yanqui que aparece en la Inglaterra medieval. Entendiendo futuro como un momento más avanzado tecnológicamente.

Lo primero que llama la atención es que Twain empezó a trabajar en el libro en el año de la Conferencia de Berlín (1884)  donde las potencias coloniales decidieron repartirse África. Proceso observado por Twain con nula simpatía por decirlo suavemente

El rechazo a estas políticas es una constante en obra de Twain.

Ya al principio de su carrera denuncia las injusticias que sufren los inmigrantes Chinos. Pero conforme avanza en su carrera la antipatía de Twain contra lo que ahora llamamos globalización -pero un tiempo más honesto denominaba colonialismo- no hará sino acentuarse. Hay cosas graciosas en el mundo, entre ellas la pretensión de los occidentales de ser menos salvajes que los otros salvajes

Su feroz y justificada critica de los misioneros cristianos en “A la persona sentada en las tinieblas” (1901),  explicando con toda claridad que la colonización es una excusa para el saqueo, le costo el exilio a Inglaterra.

Y sobre todo su brutal denuncia de la salvaje represión en Congo en “El soliloquio del Rey Leopoldo”. (1905)Que es entre otras cosas una obra pionera como foto reportaje de denuncia con esa página final que nos muestra las fotografías de las víctimas del castigo usual por rebelarse: la amputación de una mano. (Kodak el único testigo que nunca pude sobornar dice su ¿ficticio? rey)Y destacar también la pretensión recogida en el libro de que el rey Leopoldo debería responder por sus crímenes ante una Corte Internacional.

Esto permite leer el libro con otros ojos y de inmediato empiezas a encontrarte sorpresas.

El protagonista Hank Morgan es capataz de una fábrica de municiones. Twain le sitúa en Connecticut donde estaba la principal fábrica de armas de Colt. El tono humorístico de Twain y su habilidad como narrador nos hacen aceptar a Morgan. Pero Morgan es el tipo de patrón que normalmente resuelve las discusiones sindicales con sus empleados a puñetazos. (De hecho es una de esas peleas las que le envían de vuelta al pasado) E incluso en los tiempos de Twain aquello no era exactamente el ideal de persona razonable.

En realidad, apenas unos años antes tuvo lugar la masacre de Haymarket en 1886 que dio origen a la actual fiesta del trabajo de uno de Mayo.

En realidad el propio Morgan se autocalificara como déspota. Benévolo pero déspota al fin y al cabo. Lo que es más con una expresión que recuerda a Pizarro dice que en Siglo XIX era un don nadie pero su viaje le ha convertido en alguien importante.

Y por más que Morgan no hace más que hablar de democracia y de su preocupación por los más desfavorecidos no hace absolutamente nada al respecto. No tiene el menor escrúpulo en introducir los mayores cambios con el único y exclusivo fin de amasar riqueza. Pasan los años y las reformas sociales que supuestamente tanto le preocupan no se realizan.

Morgan crea una pequeña elite que le es fiel a título personal y cuando llega el momento de implantar una república, ni para ellos, ni supuesto para él mismo, se plantea la menor duda de que Morgan tiene que ser el Presidente.

Mientras tanto, las masas de Inglaterra se alzan contra él porque por más que ha introducido una tecnología contemporánea no ha conseguido, en realidad ni siquiera ha intentado, transmitir los valores que supuestamente defiende.

Que es más o menos como se desarrolló el proceso colonial que empezaba cuando Twain comenzó a escribir el libro. Por todo lo cual que de la misma manera que los marcianos de Wells tratan a los seres humanos como animales de matadero, el yanqui de Twain hace que el lector europeo se vea en los zapatos de los pueblos “atrasados” y “salvajes.”

Creo que con toda justicia se puede considerar “Un yanqui en la Corte del Rey Arturo” como una predicción del fracaso del proceso colonizador y una advertencia que no fue escuchada.

Normalmente dentro de la literatura de ciencia ficción se suele considerar sus herederos todo el subgénero de las novelas en el que el protagonista viaja al pasado e intenta introducir una tecnología más avanzada. (Cuyo ejemplo más notorio sería “Que no caigan las tinieblas” de L. Sprague de Camp) En realidad esto no preocupa lo más mínimo a Twain que pasa por alto todo el proceso a nivel practico y creo que con igual justicia se podría considerar entre su descendencia el cuento “Mozart con gafas de espejo”, de Bruce Sterling y Lewis Shiner que nos ofrece una visión de pesadilla del saqueo del pasado.

 

Sirva en cualquier caso lo anterior para apuntar que el libro demuestra una calidad que normalmente se asocia a los clásicos como es permitir nuevas lecturas conforme el lector va madurando.

 

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